La muestra incluye más de 75 obras, entre pinturas y esculturas, de 62 artistas nacionales y extranjeros. Estará abierta hasta el 3 de enero de 2027.
La Sala Nacional de Exposiciones Salarrué alberga, desde el 21 de agosto, el XIV Salón Internacional del Arte Abstracto de El Salvador dedicado a la artista franco-salvadoreña Nicole Schwartz (1938-2026).
La muestra presenta una selección de la obra de Schwartz, quien se consagró como una de las pintoras más destacadas en la historia del arte visual en El Salvador.

La artista llegó a El Salvador en 1953 y un año después, inició su formación con el maestro Valero Lecha. Desde sus inicios, Schwartz mostró una inquietud por experimentar con diferentes técnicas y materiales: óleo, acrílico, grabado, batik y collage.
«Esta exposición reúne a reconocidos artistas dedicados a la representación de una realidad única, subjetiva e incluso surrealista, quienes muestran la vida mediante composiciones en las que destacan preceptos estéticos como geometrización, texturas, luz, sombra, amorfia, tridimensión, experimentación, espontaneidad e intensidad cromática», explicó la doctora Astrid Bahamond, curadora de la muestra.
El arte abstracto surge en 1910 de la mano del artista Wasily Kandinsky, quién en su búsqueda por simplificar la forma, prescindió de todos los elementos figurativos y concentró la fuerza de la expresión en las figuras y colores sin aparente relación con la realidad visual.
A finales de 1950, la plástica nacional se une a la revolución contra un arte puramente representacional, en la que Salarrué logra alcanzar la abstracción desde un ámbito personal, distinto y separado del abstracto europeo o norteamericano.
El género hace de su núcleo la búsqueda conceptual de carácter ancestralista, es decir, en el arte de nuestros pueblos originarios y su cosmovisión prehispánica. A esto se sumó la llegada de jóvenes artistas europeos al país, que volvió el tema llamativo, dentro del cual, las raíces indígenas u otros contenidos elevarían las creaciones hacia una dimensión más espiritual y existencial, lo que se vuelve una corriente reiterante en la historia del arte salvadoreño.




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